jueves, 31 de agosto de 2017

Responsabilidad de la literatura infantil en el desarrollo social del pueblo dominicano




Por Rafael Peralta Romero

Hay un grito generalizado entre docentes del nivel superior, sobre todo de la universidad estatal, donde trabajo. Esa pena la ocasiona la aguda deficiencia de los alumnos en cuanto al manejo de la lengua española.
El grito generalizado entre quienes nos dedicamos al trabajo de enseñar, es que la generación presente no maneja adecuadamente el idioma, ni siquiera en proporción con su grado de estudio. Así, los profesores universitarios dicen que los bachilleres llegan muy crudos de la secundaria. Los profesores de la secundaria entienden que el escaso desarrollo de las competencias lingüísticas viene de la básica.
Y claro, los de la escuela básica no se quedarán con la pelota y se la devuelven al hogar. El hogar no ayuda, alegan los maestros.
Mi experiencia como docente me permite afirmar que es verdaderamente grave y desgarrante la realidad con relación al conocimiento de nuestra lengua por parte de los estudiantes universitarios.
Entre los actores del sistema educativo nacional se percibe un alto nivel de amargura, la cual viene dada sobre todo, por las deficiencias mostradas por el estudiantado y por muchos maestros, en cuanto al desarrollo de sus capacidades comunicativas.
No hay duda, de que gran parte de nuestra población está afectada de tullimiento mental y verbal y tampoco queda duda de que la otra parte está amenazada de este mal. Pero esto lo ignoran en sus prácticas docentes muchos maestros y lo ignoran consuetudinariamente los padres de las criaturas sometidas al despiadado riesgo de la cojera expresiva.
El problema se inicia en la ausencia total de la costumbre de leer. Y así crece con esa desnutrición intelectual que lo va convirtiendo en un tullido de la expresión, de lo cual estamos llenos, incluidas personas que han alcanzado el nivel profesional.
Lo más lamentable de esto último es que el sector educativo, maestros y maestras, ocupan lugar destacado entre los que no leen y entre los que de hecho no saben leer.
La persona se posee a sí misma en la medida en que posee su lengua, ha dicho el lingüista Pedro Salinas, me permito agregar que quien no maneja adecuadamente su lengua no puede poseer el mundo exterior.
Tengo la impresión de que convivimos con una generación afectada de un alto grado de mudez y si equiparamos la competencia comunicativa con la capacidad de movilidad física, hemos de concluir en que contamos con una alta concentración de cojos verbales en nuestro país.
Cuando Manuel Salvador Gautier, fino caballero y consagrado escritor, me comunicó que debía preparar disertación para juramentarme como miembro del Mester de la Academia, no vacilé un instante en enterarle de que hablaría acerca de la función de la literatura infantil para el desarrollo social de la República Dominicana.
¿Qué responsabilidad tiene la literatura infantil en el desarrollo social de una nación? Nadie duda de que son obvias las deficiencias de los estudiantes en el uso de la expresión, como claro indicio de que hay entre nosotros mucha lectura atrasada, lo cual unido a lo que se denomina “cuchara atrasada”, conduce a un resultado falta: un pueblo incapaz de educarse y por tanto incapaz de desarrollarse.
Las escuelas y universidades conocen a diario, peligrosamente como rutina, cientos o miles de casos de estudiantes con dificultades para captar, procesar y dominar las tareas e informaciones correspondientes al nivel que cursan.
El papel de la educación en los primeros años de vida del individuo resulta determinante para toda la existencia del mismo. La formación de dominicanos: correctos, pensantes, educados y sociables deberá conllevar acciones realizadas a partir de los primeros años de vida de esos nuevos ciudadanos.
Se proclama orondamente desde las cátedras universitarias, desde las tribunas estatales y por igual desde los cenáculos intelectuales, que vivimos en la era del conocimiento. Los teóricos de la llamada sociedad del conocimiento han señalado dos características esenciales de la misma.
La primera de ellas conlleva que el conocimiento sea convertido en un factor crítico y permita al individuo integrarse al desarrollo productivo-social.
Como segunda condición, los entendidos en este asunto señalan el fortalecimiento de los procesos de aprendizaje social como medio de asegurar la apropiación social del conocimiento y su transformación, para lo cual la educación juega un papel importante.
Me contagia por momentos el entusiasmo de quienes predican estas teorías y me resulta fácil aceptar y comprender los poderes del conocimiento. Por eso me permito repetir que el desarrollo y bienestar de la República Dominicana dependerá del grado de conocimiento y del nivel educacional de su pueblo.
Del conocimiento y de la educación depende la calidad en el trabajo. Resulta imposible un cambio en nuestra sociedad, si no ocurre primero una mejoría sustancial en la calidad y dedicación al trabajo y un cambio profundo de actitudes de los ciudadanos.
Nada como la educación para modelar y moderar la conducta de los miembros de un conglomerado social. Ningún ser de los que pueblan la tierra llega a la vida tan requerido de terminación como el humano. Por eso al proceso de crecimiento biológico de una criatura humana, debe unirse la configuración de su personalidad, además de templarse y ajustarse al sujeto para hacerlo apto para la convivencia con los de su especie.
El desarrollo social depende sobre todo de la calidad del trabajo humano. La calidad del trabajo es proporcional a la conquista del conocimiento por parte de los individuos. La conquista del conocimiento guarda relación directa con el desarrollo de las competencias de cada sujeto, mayormente de las competencias comunicativas.
Pero algo más. La lectura es la vía más idónea para el desarrollo de esta última facultad. Para iniciar a un individuo desde la niñez en esta práctica, se produce la literatura infantil. De ahí que no me parezca nada utópico asociar la literatura infantil con las posibilidades de cambios de una sociedad.
Y mucho menos se considerará utopía si se pondera juiciosamente la función de la literatura infantil en el desarrollo de las competencias lingüísticas de los niños. Niño que no lee o que no le leen, no logrará el desarrollo pleno de sus facultades intelectivas.
Los médicos han determinado que la carencia de vitamina D ocasiona en los niños trastornos metabólicos que se expresan sobre todo con torcedura de los huesos, retardo del crecimiento y debilidad general. Ese padecimiento se llama raquitismo.
Tal vez me esté pareciendo a Federico Henríquez Gratereaux con esta forma de hablar. Ojalá que así sea. Pero bueno, lo que quiero decir es que la deficiencia de lecturas ocasiona el raquitismo mental, que se expresa con quebradura del entendimiento, notoria cortedad en la expresión, dificultades para asimilar lo leído u oído y torpe manejo de la escritura.
El destino de esos muchachos ha quedado definido. Si llegan a los estudios superiores andarán como el pez fuera del agua: no pueden escribir un párrafo sobre nada, leen dando trompicones y, lo que es peor, no pueden interpretar el sentido de un texto. Todos sabemos que quien no es capaz de demostrar comprensión de lo que ha leído, pasa la vista sobre un escrito, pero realmente no sabe leer.
Muchos estudiantes universitarios no se han percatado de que sus inconvenientes, a veces fracasos, en el estudio de asignaturas del derecho, agrimensura, contabilidad, medicina, economía o ciencias militares se originan en su torpeza para leer, más específicamente para desentrañar los contenidos de las páginas escritas.
Los especialistas se la pedagogía moderna están exhibiendo como su más reciente descubrimiento, la educación en competencias. Se fundamenta esta teoría en desarrollar todas las potencialidades del individuo, de modo que pueda ser un ente productivo para la sociedad y mostrar adecuada capacidad para vivir en ella.
Máximo Gorki, conocido en nuestro medio sobre todo por su novela La Madre, fue un excelente propulsor de la literatura infantil en la desaparecida Unión Soviética. De él quiero citar un pensamiento que habiendo sido escrito en 1933, para nosotros resulta totalmente nuevo. Cito a Gorki:
“Los niños no solamente deben aprender a contar y medir, sino también a soñar y prever… En nuestros días la fantasía y la imaginación pueden apoyarse en los datos reales suministrados por la ciencia, que aumenta hasta el infinito el poder creador de la razón… Nuestra tarea consiste en poner la ciencia al servicio de la imaginación infantil, habituar a pensar a los pequeños…”
A propósito de fantasía, merece recordarse que hubo un tiempo en que los niños dominicanos, y por igual los de otros países, disfrutaban el placer de contar cuentos, en reuniones de hermanos, primos y vecinos. En el patio, la terraza o cualquier espacio del hogar en el que el diálogo no colidiera con el de los adultos, los muchachos desarrollaban sus tertulias, bajo el ordenamiento de que cada uno relataría una historia ficticia, mayormente extraída del folklor.
La hermosa costumbre de compartir los cuentos orales sirvió a los niños del pasado como un rico pasatiempo destinado a satisfacer la necesidad de expandir la imaginación, de soñar otros mundos y capturar sanas emociones, cuestiones éstas inherentes al período de la niñez. ¿Qué será de un niño sin posibilidad de soñar? Para mí que esto es comparable a un pájaro que nunca tuvo alas.
“La fantasía es un instrumento para conocer la realidad”. Esto ha dicho Gianni Rodari, un gran maestro de la literatura infantil, nacido en Italia. Ese mismo experto ha considerado que: “No se puede concebir una escuela basada en la actividad del niño, en un espíritu investigador, en su creatividad, si no se coloca a la imaginación en el lugar que merece en la educación…”
Durante muchos años los niños dominicanos se han quedado sin las viejas y suculentas historias de la tradición oral y sin una suficiente producción emanada de los intelectuales nacionales que satisficiera sus necesidades de recreación y disfrute estético.
Esto no niega, desde luego, el crecimiento paulatino del volumen de libros dedicados a la niñez creados por autores y autoras nacionales, el cual sólo se aquilata justicieramente en la magnífica investigación realizada por Miguel Collado y publicada con el título “Historia Bibliográfica de la Literatura Infantil Dominicana (1821-2002).
Se ha demostrado que aquí se está escribiendo literatura para niños, a cada instante un autor realiza un aporte que significa un peldaño más en nuestro esfuerzo de alcanzar la autosuficiencia en cuanto a producto literario destinado a nuestros niños, construido con materiales de aquí e inteligencia de aquí.
Falta que los maestros pongan la acción que les corresponde, de ello depende mucho que la población infantil incursione en el disfrute de la literatura a ella destinada.
Nadie tiene mayor posibilidad que padres y maestros para hacer que el niño aprecie la lectura como un juego y al libro como un juguete, que les permita aprendizaje con diversión.
El porvenir de la literatura infantil, y particularmente de la enseñanza de la misma, tiene que ser mejor que lo que tenemos hasta ahora. En la licenciatura en Educación Básica se ofrece una asignatura con este tema, que obviamente no es suficiente, ni creo que suscite en el futuro maestro el necesario entusiasmo e interés.
Hace falta que mucha gente salga a decir que solo saldremos del subdesarrollo intelectual con planes intensos y sostenidos de lectura para niños y jóvenes. Es cuestión de emergencia superar las insuficiencias que nos afectan. Si no superamos el raquitismo mental nunca escaparemos de las miserias sociales.
(Fragmento de la conferencia dictada al ingresar al Grupo Mester de la Academia Dominicana de la Lengua el viernes 12 de mayo de 2006).

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