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Adrián Javier |
Decía Pedro Vergés que la República Dominicana era quizás el único país en el que los escritores pasaban automáticamente, y por la gracia de los años en el oficio, de ser jóvenes promesas a escritores veteranos, sin que hayan pasado por su intermedio los perfiles de la genialidad, o por lo menos, los tópicos urgentes en los que se sustenta y apoya la experiencia, no solo la imaginación creadora, sino también la lengua, en el a veces desmesurado, afortunado, pero siempre caótico y emblemático decurso.
Esta ausencia de obras acabadas, según el autor de Solo cenizas hallarás/Bolero, no se debe
a lo corto de mira de la crítica vernácula, ni a la falta de estrategias y
planes que proyecten obras y autores dominicanos de evidenciada valía, ni a los
consabidos conciliábulos en que devienen a veces concursos literarios
de marras y premios, no. Según el autor de la novela inédita Lágrimas Negras, esto se debe a que
nuestros jóvenes escritores dejan siempre su decir en la gatera, regodeados en
la pequeñita fama que les otorgan los mentideros sacros de nuestra más que acartonada
literatura.
Según Vergés (interpreto) el problema es que todos somos famosos, y
que, azorados tras la fortuna de una creación medianamente aplaudida en el
patio de nuestros amores, ninguno aspira a escalar el último peldaño de una
obra monumental.
Siempre (según estos preceptos marcadamente prejuiciados del
escritor Pedro Vergés) la joven literatura dominicana se conforma con «amagar y
no dar», sin ahondar en los presupuestos estéticos de la literatura universal,
sin conocer sus más ejemplares cultivadores, ni aprehender las propuestas
vanguardistas contemporáneas, y sin intentar con seriedad «verbalizar un
mundo», cuya ética y simbología —así como su propuesta estructural y
lingüística— presuponga la pasión, devoción y entrega que inquiere hoy, en esta
posmodernidad avasallante, el oficio de escritor.
La promoción literaria que surgiera en el país en la primera mitad
del destrujillato y en los albores del oscurantismo balaguerista, no sería
presa de excepción en esta especie de «Informe Vergés» sobre lo que podría
considerarse según lo referido por el nombrado y locuaz opinador, el estado de
gravedad actual de las letras nacionales.
La del ´70 siempre fue y es, una promoción literaria vapuleada.
Tanto dentro como fuera del marco de nuestra historia literaria. Primero, por
su demacrado entorno social se constituyó en una promoción marcada por lo que
lo que se nos antoja en llamar «Era de los Desafueros», época plagada de
días de intensas e interminables persecuciones políticas, y segundo, en el plano
artístico y cultural, convertida en víctima de doctos conjurados, los que, desde sus
capillas doctrinarias, pretendieron sumirla, por los siglos de la lengua, en el
anonimato, con el pretendido sambenito de que nada de lo que sus integrantes
producían tenía valor propio y que sus obras no eran más que rémoras en rezago.
Sin ningún futuro.
Es en el vaivén azaroso de esos años de incertidumbre social y
política, viciados, por un lado, por las proclamas rimbombantes de las utopías
aún no vencidas, y por el otro lado, por la perplejidad y el desquiciamiento de
toda una sociedad que apenas acababa de aprender a valorar la dicha de su decir
y ser en libertad, que se columpia y conforma su nombre de escritor, su invalorada
complexión simbólica y emblemática de narrador, Rafael Peralta Romero (Miches,
República Dominicana, 1948).
La trayectoria literaria de Rafael Peralta Romero lo acusa de haber
incurrido con acierto no solo en la literatura infantil, sino también en el
cuento, la poesía, el ensayo y la novela.
En este tenor, el fardo delictivo de su acontecer intelectual y ser
creativo está compuesto por nueve libros publicados. A saber: Niño y Poesía
(Poemas infantiles), 1977. Punto por punto (cuentos), 1983, 1998, 2003; Las
piedras sobre las flores (poemas), 1985; Romance del Ciclo Diario (poema), 1989;
Un chin de caramelo (poemas infantiles), 1992; Diablo Azul (Cuentos), 1992,
2003; Residuos de Sombra (novela), 2000, 2003 y Cuentos de Visiones y Delirios
(Cuentos) 2001, 2002, 2003.
Esta noche se ponen a circular nuevas ediciones de las novelas
Residuos de sombra y Los tres entierros de Dino Bidal, y de los libros de
cuentos Diablo Azul y Cuentos de Visiones y Delirios. Cuento con la suerte de
ser quien invite a los presentes al disfrute de estos cuatro manjares literarios.
Lo haré con delectación y detenimiento de la lengua, como deben disfrutarse
todos los postres, y lo haré en clave de sinopsis, por supuesto, de manera
breve, brevísima, casi en cápsulas, compartiendo con los presentes, pequeños
atisbos interpretativos de unas obras de indudable calidad argumentar y
admirable conformación lingüística. Pero, ¿por qué hacerlo así de manera breve
y no explayarse en enjundiosos parapetos teóricos o en patéticos ensamblajes
epigráficos, tan en boga en el oficio crítico pretendido avezado? ¿Por qué no
construir eficientes sistemas de análisis de coyuntura, de argumento, de
tiempo, de tipo de narración, de enfoque de género y contexto simbólico de la época,
donde el escritor-presentador permita a personajes y escenarios rebelarse en contra
de la bondad del tiempo de sobra y las obras lo valen, lo justificarían?
De lo que se trata esta noche es de tentar su paladar de lector para
que ejerza su poder pues quien les habla no es muy amigo de contar la película,
mas sí de la recomendación que bordea su esencia.
Residuos de sombra
Se trata de una novela de corte testimonial de indudable valor
argumental y eficiente conformación lingüística. Cuenta con catorce capítulos y
está ambientada en la sordidez de los días de la Era de Trujillo. Cubre los
pormenores políticos-sociales de los años 30, 60 y 70.
Aprovecha el refranero popular, y da cuenta del transcurrir vital de
hombres y mujeres atrapados por la mascarada del pasado y los residuos
inclementes de sus sombras más abyectas.
Su marco simbólico es el miedo patológico a decir.
Su personaje principal, el doctor Ricard, es víctima de un simple
enunciado verbal de su padre, quien se atrevió a cuestionar la llegada tarde
del dictador a un acto público, esto le costó a su familia no sólo el presente
de todos sus miembros, también su futuro.
Esta novela entrevera el asfixiante y represivo ambiente de la Era y
sirve de pretexto al autor para denunciar las miserias de los personajes del
dictador aún con vigencia en la política criolla. Un ejemplo claro es el
capítulo XI, el que se da cuenta de la entrevista con el doctor Baralt («de
actitud escurridiza y dualista»), entonces presidente-títere de la República.
Cualquier semejanza de dicho personaje con algún político recientemente
fallecido, luego de una larga agonía, no es pura coincidencia.
Sobre esta novela, estoy de acuerdo con el también cuentista y
novelista Avelino Stanley Rondón cuando afirma que «dentro del conjunto de
obras sobre ese tema Residuos de sombras habrá de convertirse en poco tiempo,
en una de las novelas más representativas de todas las que se han escrito
localmente sobre la tiranía de Trujillo». Creo, como dice Stanley en el texto
anexo como prólogo a esta edición que Rafael Peralta Romero sorprende con su
prosa precisa y diáfana sumergiéndonos en ese ambiente espeluznante de abusos y
miserias: «al arribar al clímax de su propuesta, ninguna trama urdida queda sin
desarrollar, ninguna madeja queda sin ser entretejida en sus puntos más
precisos y ningún personaje queda sin llegar a su meta».
La meta de sorprender al reflejarnos en la tragedia de unos
personajes cincelados con inusitada eficacia, digo yo.
Residuos de sombra es una novela cuyo narrador omnisciente no es
ajeno a la angustia que trata de alejar de sí. Que trata de ver como «otra
realidad». Todo estamos perdidos en su tráfago maldito, del mismo modo que
todos, incluyendo al narrador, pretendemos curarnos una herida que por tan
honda, tal parece incurable.
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Rafael Peralta Romero |
Los tres entierros de Dino Bidal
En «En esto creo», el gran novelista mexicano Carlos Fuentes (Panamá, 1928), nos recuerda que «toda novela como toda obra de arte, se compone simultáneamente de instantes aislados y de instantes continuos». Que «el instante es la epifanía que, con suerte, cada novela encierra y libera». Pienso en esto, y lo transcribo de memoria luego de releer la conmovedora novela Los tres entierros de Dino Bidal. Novela de instantes conmovedores no sólo por ser irrepetibles sino también por abrigar, como dice en su prólogo don Manuel Mora Serrano, «un asombroso dominio de síntesis».
Podría nombrar algunos aspectos de esta novela que la hacen una
hechura literaria significante: el retrato de Dino Bidal, personaje principal,
valiente por demás y de cariz emprendedor. Su desaparición nos hace descubrir
el carácter indoblegable de sus hijas que enfrentan al poder militar que trata
de encubrir la desaparición física con simples alegatos, además, la presencia
del mar, las alusiones a la poca flora, así como la imperecedera influencia de
las supersticiones populares y el habla natural de sus personajes: hambrientos
terratenientes, militares ambiciosos, abogados corruptos y forasteros con
iniciativa.
Otro aspecto a destacar en Los tres entierros de Dino Bidal es el
uso de nombres que corresponden a personajes reales. Creo que el autor hizo
esto para darle verosimilitud a su obra y creo que lo logra. Además, la misma
trama encuentra eco en la realidad porque todos los aquí presentes saben que
dicho hecho, la desaparición inexplicable de alguien, en tiempo de mezquindad e
intolerancia político-ideológica es recurrente.
Llámese Dino Bidal o Narciso González, esta novela retrata con
singular eficacia situaciones políticas y sociales que no nos son ajenas. De
ahí el valor de su entramado argumental. Y de ahí, que, sin darnos cuenta, sea
aún más significativo el acto de puesta en circulación de esta novela, hoy 17
de marzo, cuando se cumplen 28 años del horrendo e imperdonable crimen del
periodista Orlando Martínez.
(Otra casualidad, dicha dentro de un paréntesis, es que el propio
Rafael Peralta Romero, admirador como Orlando de la obra de Dostoievski,
mantenga una columna importante en la revista Ahora y cultive como éste el
periodismo de opinión en el renglón de análisis político).
Es evidente que la experiencia periodística de más de un cuarto de
siglo le ha dado a Peralta Romero las herramientas necesarias para expandir o
robustecer su evidente talento literario. La novela hispanoamericana ha
recogido del periodismo plumas de gran significado: José Martí, Gabriel García
Márquez, Mario Vargas Llosa, Plinio Apuleyo Mendoza, José Donoso, Juan
Goytisolo, Octavio Paz y muchos otros, son algunos ejemplos vivos de esto
último. Pero lo que sí se ha historiado con detenimiento es el afortunado
maridaje del periodismo y la novela. Démosle la palabra de nuevo a Carlos
Fuentes: «…hay dos cosas indispensables a la novela y a la sociedad: La
imaginación y el lenguaje. Ellos dan respuesta a la interrogante que distingue
a la novela de la información periodística, científica, política, económica y
aún filosófica. Le dan realidad verbal a
la parte no escrita del mundo».
Y esto, amigos, es lo que ha logrado Rafael Peralta Romero, en esta
terna caricaturizada de la Era, donde, como lo señala acertadamente don
Salvador Jorge Blanco, se logra una novela con ribetes de suspenso, «bien
concebida y escrita», que deja al lector en inmensas reflexiones.
Como dice Fuentes, en esta novela, Los tres entierros de Dino Bidal,
«la imaginación y el lenguaje, la memoria y el deseo, son no sólo la materia
viva de la novela, sino el sitio de encuentro de nuestra humanidad inacabada».
Cuentos de visiones y delirios
De este libro tengo anotado la gran exhibición del humor en el bien
dibujado perfil de sus personajes. Como lo indica su contratapa, se recrean las
creencias mágico-religiosas y se retratan situaciones surrealistas en
escenarios cotidianos. Creíbles en su límite por el respaldo en que se
constituye la tradición que le sirve de zapata o sedimento.
Compuesto de 22 cuentos animados por una facturación del habla
popular impecable, estos Cuentos de visiones y delirios, entreveran personajes
depresivos, a veces psicóticos, devenidos en hombres rudos del campo, como dice
el Psiquiatra y su prologuista César Mella, «o pescadores, mujeres sencillas,
cotidianas, rurales», cuyo escenario no es otro sino el que le brinda la
frugalidad del campo y la solemnidad de la muerte en la pobreza.
En este libro de cuentos Peralta Romero juega al cuento psicológico.
Retrata personajes viscerales. Suicidad en potencia, surrealistas redimidos,
nobles descamisados y barahúnda campesina gratificante. Personajes de «armas
tomar», cuyo «semblante interior» se caracteriza por estar poseído de una
especie de poética extremista, siempre al borde de un ataque de nervios o de un
aluvión inimaginado de símbolos contrastantes.
Son cuentos cortos que se leen como si se bailara acompasado.
Dibujando en el aire el sensual movimiento de uno de nuestros fantasmas más
cómplices y caritativos. Me place compartir con el reconocido psiquiatra César
Mella este aserto: «No es literatura sólo de ficción, la violencia está
soterrada pero no es protagónica, el amor lacrimógeno está ausente, lo mejor
logrado de su obra es que los personajes no dejan dudas de quiénes son y cómo
actúan».
Diablo Azul
De este libro no puedo sino estar de acuerdo con todo lo señalado
por la doctora María del Carmen Caballero cuando afirma que en este se
«desarrollan y complementan varias corrientes de la narrativa actual».
Con estos cuentos, Rafael Peralta Romero logra establecer «una
fuerte comunicación con el lector», ya que, «cada uno de estos cuentos
establece una microestructura dentro de lo macro que lo unifica, en la que no sólo
se afirman las directrices narrativas generales sino donde también se
transforman conceptos de vida y se confirman nuevas valoraciones del hombre.
Este libro también recoge registros de la expresión poética, así
como también giros y/o referencias de la expresión artística plástica. Todos
sus personajes, así como el ambiente que los convida han sido descritos en
clave de retratos, para ser vistos como lo que son: reflejos de la vida misma.
Invenciones imaginarias que han encontrado en la historia su raigambre idónea,
porque como bien lo escribiera Carlos Fuentes: «El novelista, con más
puntualidad que el historiador, nos dice siempre que el pasado no ha concluido,
que el pasado ha de ser inventado a cada hora, para que el presente no se nos
muera entre las manos. La novela (el cuento, en este caso) dice lo que la
historia no dijo, olvidó o dejó de contar».
Como ven, mis amigos, desde los años ´70, un escritor verdadero con
una obra literaria de gran valor y carácter, se ha columpiado en las manos de
la libertad, y la creación ejemplar, sin desmayo, sin pedirle permiso al
idioma, sin necesitar padrinos ni frecuentar capillas. Solo con su talento,
devoción y entrega…
Presentar sus libros esta noche, más que una misión del intelecto se
ha convertido en la oportunidad que tanto habíamos buscado para reconocerle.
Adrián Javier
Centro Cuesta del Libro
17 de marzo de 2003
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