jueves, 9 de febrero de 2017

Una década del cuento dominicano, por Rafael Peralta Romero

Rafael Peralta Romero


Al concluir el ensayo con el que acompañó su antología titulada “Veinte cuentos de autores dominicanos”, don Max Henríquez Ureña escribió lo siguiente:

“No son pocas las esperanzas que se cifran en la nueva generación, cuya labor es fecunda y brillante. A medidas que el tiempo pasa, vemos que tales esperanzas no son vanas, puesto que esa generación empieza ya a producir obras fuertes y bellas”. Era 1938.



Jóvenes de ese momento eran Juan Bosch, que estaba por cumplir los treinta años, Tomás Hernández Franco, treinta y cuatro, Ramón Marrero Aristy, veinticinco y otros autores que publicaron sus primeras obras antes de 1930, tales como José M. Pichardo, Gustavo Adolfo Mejía, Manuel Patín Maceo y César N. Perozo y por supuesto José Rijo, incluido en la antología de don Max Henríquez, cuando sólo contaba veintitrés años y sobre quien cayó muy efectivamente el vaticinio del antólogo.

El siglo veinte se inaugura con cuentistas de indudable importancia, entre ellos José Ramón López, autor de Cuentos Puertoplateños, publicado en 1904. Con este escritor comienza a hablarse del cuento en sentido estricto. Antes, muchos publicaron leyendas, consejas, cuadros de costumbre y otras formas de la narración breve. También hubo los cuentistas ocasionales que escribieron uno o dos cuentos.

Fabio Fiallo, más celebrado como poeta, ofrece en 1908 sus “Cuentos Frágiles” y en las dos décadas siguientes aparecen algunos cuentistas que motivaron a Max Henríquez Ureña a expresar las palabras que hemos citado al principio de esta exposición.

En este período surge también Sócrates Nolasco, quien ha ocupado posiciones señeras en la historia de nuestra narrativa con sus cuentos de tema sureño, interés por lo autóctono y la vida contemporánea.

La novela tiene en ese momento un buen repunte. El vegano Federico García-Godoy, con su trilogía compuesta por “Rufinito”, “Guanuma” y “Alma dominicana”, es un buen ejemplo de ello. Pero también lo es Tulio M. Cestero con su novela “La Sangre”, clásico dominicano, y Andrés Francisco Requena con “Los enemigos de la tierra”, todas aparecidas en el primer tercio del siglo 20. Es un momento de gran crecimiento literario e impulso de la narrativa, cuando aparecen además, “La Mañosa”, de Juan Bosch, y “Cañas y Bueyes”, de Francisco Moscoso Puello.

En su voluminosa antología titulada “La narrativa yugulada”, la mas amplia que se haya realizado sobre la cuentística dominicana, Pedro Peix, su autor, no incluye a Fabio Fiallo ni a José Ramón López, no obstante ser este ultimo el primero en publicar un volumen de cuentos y haber sido designado con su nombre el Premio Nacional que sobre el genero otorga el Estado.

Peix considera a López autor de los primeros escarceos, tentativas, bosquejos del cuento dominicano, pero no del cuento mismo. Esto ocurre porque el conocido cuentista sitúa el nacimiento de la narrativa breve en nuestro país
a partir de 1930.

Lo contradictorio de este asunto es que Peix juzga a Bosch el “verdadero precursor del cuento dominicano…”. Se sabe que es parte de nuestra tradición considerar a López el precursor. Quizás convenga recordar lo que sobre esta palabra indica el Diccionario:
Precursor: “Que precede. Que profesa o enseña doctrinas o acomete empresas que no tendrán razón ni hallaran acogida, sino en tiempo venidero”.
Somos muchos los que hemos andado con la idea de que es López el precursor y es lógico pensar que si el cuento nace con Juan Bosch, entonces al autor de La Mañosa no se le puede considerar precursor, sino el primer cultivador del cuento desde todas sus formalidades, pues el precursor debe ser aquel que actuó antes del acontecimiento que se esperaba, como Juan Bautista con relación al nacimiento de Jesús.

Lo que si damos como hecho cierto es que en la década de los 30 aparece un grupo de escritores que marcarían definitivamente el surgimiento del cuento con el rigor de género independiente provisto de leyes formales y rasgos literarios y lingüísticos claramente definidos. A su vez se estableció la diferencia de este tipo de escrito con la diversidad de textos narrativos, y que por tanto cuentan hechos, pero que corresponden a otras denominaciones.

En tal sentido, hay que citar a Juan Bosch, Ramón Marrero Aristy, José Rijo, Freddy Prestol Castillo y hasta cierto punto a Rafael Lamarche. La mayoría de los cuentistas eran de origen provincial, por eso parten de arquetipos rurales, con la tierra como escenario.
Juan Bosch

En 1933 aparecen los primeros cuentos de Juan Bosch en el volumen Camino Real. “Sólo entonces puede afirmarse que el cuento es asumido como una convención literaria, como un genero excluyente que tiene sus propias leyes formales, su propio código narrativo inscrito en una estructura que no acepta digresiones ni tolera remembranzas o introducciones caprichosas”. (p.7) Peix.

Bosch y los cuentistas que crecieron en torno a el en los años treinta representaron una marca importante en el quehacer literario y ellos no estaban por debajo de quienes escribían cuentos en otras regiones del continente, en cuanto a los recursos estilísticos utilizados y la temática abordada.

Juan Bosch publicaría después tres considerables volúmenes titulados Cuentos escritos en el exilio, Mas cuentos escritos en el exilio y Cuentos escritos antes del exilio. Su manual Apuntes sobre el arte de escribir cuentos, sirvió a generaciones de jóvenes escritores de aquí y de América para dar sus primeros pasos en el complejo oficio de cuentista. Es decir, hay razones para estimar que la década de los 30 significa el real punto de partida de nuestra cuentística.



Ramón Marrero Aristy (1913-59)

Publicó el volumen de cuentos Balsié en 1938 y su celebrada novela Over en 1939. Había publicado en 1933 un texto considerado libro de juventud con el titulo Perfiles agrestes (biografía de Trujillo).

Respecto del libro Balsié, el propio autor se permitió clasificar su contenido en narraciones, estampas y cuentos, como aparece en la primera edición de editorial Caribes en 1938.

Bajo la pesada atmósfera de la Era de Trujillo, Marrero trabaja un realismo que describe las desigualdades sociales y la explotación del hombre, más que por el hombre, por el sistema social y económico imperante. Las precariedades en que se desenvuelve el hombre de campo o los abusos de los centrales azucareros con su personal más humilde brotan de las páginas de Marrero con fuerza visible.



José Rijo, ( 1915-1992)

Publicó sus cuentos en los periódicos de la época durante las décadas 30 y 40, mucho después (1978) los recogió bajo el título Floreo. También dio a la luz el texto “Entre la realidad y el sueño”. Se le menciona como “una de las principales columnas del primer eslabón del cuento dominicano”. Su producción no es voluminosa, pero de relevante valor en los detalles formales.




Freddy Prestol Castillo (1914/1981)

Nacido en San Pedro de Macorís se movió por distintos puntos del país en cumplimiento de tareas profesionales.

También pertenece a esta etapa de despegue del cuento, de él se ha dicho que tuvo un “ejercicio promisorio” en la narrativa, pero sus cuentos quedaron dispersos en las páginas de los diarios. Oportuno es el momento para sugerir a la Secretaría de Estado de Cultura disponer el trabajo de recopilarlos para que en la próxima feria del libro sean presentados en un libro, como un homenaje mínimo a este narrador, salvado del olvido por la persistente presencia de su novela El Masacre se pasa a pie, una de las mas vendidas de nuestras librerías. En su narrativa se destaca la fuerza expresiva y un grato tinte lírico.

Al poeta Rubén Suro, quien conoció a Prestol en los tiempos juveniles, cuando intercambiaban ideas y lecturas, se refiere a los cuentos que publicaba semanalmente Prestol en Listín Diario y que el grupo Los Nuevos, en La Vega, los esperaba ansiosamente. Suro ha escrito un magnifico comentario que me parece oportuno compartir con ustedes.

“En el cuento de Freddy latía la tierra dominicana. Sus raíces telúricas las encontramos en los diversos sitios del país donde sentaba sus reales en el desempeño honesto de una carrera judicial brillante. Sus frecuentes contactos con nuestro campesino se reflejaban de manera admirable en cuanto narraba. La maestría de Bosch en la descripción del paisaje criollo y el diestro manejo del diálogo de Marrero Aristy se juntaban en una prosa fácil repleta de imágenes novedosas que surgían espontáneas, libres de rebuscamientos. Escribía al correr de la máquina. Creo que lo que le resultaba más trabajoso era volver a leer lo ya escrito a toda velocidad. Después de concluida la obra, ¡cosas de la prisa!, en los originales, tener que pescar las erratas, encontrar un gazapo, sustituir una palabra por otra…Eso, sabemos, no era de su predilección. Sabía que debía hacerlo, lo pensaba, mucho, muchísimo…y al fin se decidía”.

“Ahora, y para terminar, sin salirme de las fronteras patrias, me atrevo a asegurar que , entre los nombres de Juan Bosch, Ramón Marrero Aristy y Tomás Hernández Franco, los clásicos de la nueva narrativa dominicana, hay que agregar otro nombre: el de Freddy Prestol Castillo. Y si hubiera alguien que dude ¡que lo diga después de que lea a Pablo Mamá”
(Contraportada de Pablo Mamá, Taller, 1985 )

Los cuentistas del 30 marcaron este quehacer y los resultados se vieron de inmediato en los escritores de la década del 40, en quienes dejaron su impronta, tal el caso de Ángel Hernández Acosta.

Algunos historiadores de la nuestra literatura sostienen que después de la década del 30, la narrativa dominicana entró en crisis, es decir que se estanco. Pero sin ánimo de pleitear me permito traer a colación unas noticias curiosas sobre la producción literaria en nuestro país.

Según datos del historiador Frank Moya Pons, en su valioso libro Bibliografía de la Literatura Dominicana, durante el siglo 19 se publicaron 58 obras literarias en diez variedades de géneros, de las cuales hubo siete novelas y dos libros de cuentos.

Si comparamos estas cifras con lo ocurrido en el primer tercio del siglo veinte, concordaremos en el auge constante de la producción literaria narrativa. Veamos: En las primeras tres décadas del pasado siglo se publicaron, de acuerdo a los registros de Moya Pons, 42 novelas y 26 volúmenes de cuentos. La poesía, por supuesto, ocupó los primeros lugares con 228 libros en ese período.

Nada han de extrañar estos datos, habitando como habitamos, en una tierra muy fértil para la poesía. Pero es bueno observar cómo viene creciendo el número de publicaciones de obras narrativas, ya que en el segundo bloque de tres décadas, es decir 1931 a 1960, se cosecharon 98 novelas y 67 libros de cuentos. La cantidad de libros de cuentos lanzados en esos treinta años resulta superior a la totalidad de obras de autores dominicanos editadas en todo el siglo 19.

Es a partir de la tercera parte del siglo veinte cuando el cuento supera a la novela. Moya Pons registró para el período 1961-1990 un total de 151 novelas publicadas y 160 libros de cuentos.

Quizás resulte antojadizo, pero yo me permito asociar esta producción narrativa de la séptima década hacia acá con la década del 30. Es que quienes comenzaron a destacarse en los 60, nacieron, biológicamente, en la década del 30, para así aumentar los meritos de esta etapa en la narrativa breve dominicana.
Los nacidos en la década de los 30

La década de los treinta ha sido generosa para la cuentística nacional por la pléyade de narradores nacidos durante ese período. Vale recordar a escritores como:

Abel Fernández Mejia (1931)
Marcio Veloz Maggiolo (1932)
Carlos Esteban Deive (1935)
Armando Almánzar (1935)
Efraín Castillo (1935)
René del Risco Bermúdez (1937)
Iván García (1938)
Rubén Echavarría (1940)

Sobre ellos ha caído también la predicción de Max Henríquez Ureña y desde luego, ya no son promesas, sino realidades palpables de la literatura dominicana.
“No son pocas las esperanzas que se cifran en la nueva generación, cuya labor es fecunda y brillante. A medidas que el tiempo pasa, vemos que tales esperanzas no son vanas, puesto que esa generación empieza ya a producir obras fuertes y bellas”.

(Palabras de Rafael Peralta Romero para intervenir en el coloquio “Homenaje al cuento”, el 22/4/09 con el tema El cuento dominicano en la década de los 30).


Nuevos libros de cuentos infantiles


Nuevos libros de cuentos infantiles

Rafael Peralta Romero
Santo Domingo

Podría iniciar esta disertación señalando que el único objetivo didáctico justificado en la literatura infantil es la creación de hábito de lectura  y el perfeccionamiento del buen gusto en nuestros niños.
Por eso me parece que las obras literarias destinadas a la niñez tienen un importante rol que desempeñar  para el desarrollo de toda sociedad, no obstante que éstas deben  servir a los pequeños como instrumento lúdico.
Resulta de primera importancia el papel de la literatura infantil en el proceso de desarrollo de los futuros ciudadanos, aunque  a muchos les parezca una utopía.
El desarrollo social depende, sobre todo, de la calidad del trabajo humano. La calidad del trabajo es proporcional a la conquista del conocimiento por parte de los individuos. La conquista del conocimiento guarda relación directa con el desarrollo de las competencias de cada sujeto, mayormente de las competencias comunicativas.
Y nadie ha de dudar que la lectura sea la vía más idónea para el desarrollo de esta última facultad. Para iniciar a un individuo desde la niñez en esta práctica, se produce la literatura infantil. De ahí que no me parezca nada quimérico asociar  la literatura infantil con  las posibilidades de cambios de una sociedad.
El amor por los niños y el interés porque ellos lean es la fuerza que nos congrega esta tarde para ser testigos del lanzamiento de un paquete de libros para la población infantil que ha preparado Ediciones CP.  Sólo en el sello La Casa de los cuentos, que me toca presentar, se publican siete volúmenes cuyos autores son Eladio Ramos, Amy Taveras y Rafael Peralta Romero.
De Ramos son: El rey Sol, El viejo reloj Matusa y Don Reloj, mientras que  Taveras es autora de: Las locuras y corduras del campo,  La comidita compartida y La riqueza del cariño. Peralta Romero es autor de La paloma dálmata y otros cuentos infantiles.
“El rey Sol”.   Se trata de un cuento dinámico,  en el que se aprecia agilidad en la narración, buen ritmo, y cuenta una historia que puede retener al pequeño lector hasta saber qué pasó con la enfermedad del rey. Escudriña la relación del día  con  la noche  y los roles de ambos, más la actitud de los seres humanos,  frente a esta dicotomía día-noche.  En el cuento se aprecia claridad expresiva, léxico adecuado y un  juego de imaginación que  gusta al público al que está dirigido.
El viejo reloj Matusa.  Impresionante relato, crea un mundo  diferente, con argumentos capaces de ser entendidos y disfrutados por los niños. El reloj de Matusa es un gran personaje, que estoy seguro no  olvidará ningún niño lector.  Es bueno en este cuento el predominio de lo literario, escapa de la intención didáctica, que suele perseguir a la literatura infantil, y nadie dude que la didáctica es una plaga peligrosa para  las obras  literarias destinadas a los pequeños.
Don Reloj.  El personaje principal de este cuento es el reloj,  reunido con otros objetos de uso cotidiano. Se cuenta la historia de porqué Reloj tiene una pata más corta que la otra. Apreciemos este fragmento: “Nunca he estado triste   –les dijo el Reloj- gracias a esa caída he podido marcar las horas con más facilidad, para los niños que juegan y estudian; y para las mujeres y hombres que trabajan”.  (Pág. 23).
Las locuras y corduras del campo. Este cuento de Amy Taveras recrea aquellas viejas diferencias entre la vida rural y la urbana. El niño Barni pretende  exhibir  la superioridad de lo urbano sobre el campo, pero la realidad lo detiene.  La obra resulta una exaltación a la naturaleza y la agricultura en tono refrescante. Termina con pura sorpresa, un final sin final, como quien dice: este cuento se acabó.
La comidita compartida.  Es una lección para niños de vida acomodada que suelen presentar  ñoñerías para comer mientras  otros tantos niños esperan la oportunidad de hacerlo, sin que lo logren siempre. Las diferencias sociales son parte de las  experiencias  que el niño irá  conociendo en dosis oportunas.  Este cuento puede ayudar a ello.
La riqueza del cariño.  Es un buen intento de contraponer las riquezas  espirituales  a las  materiales. Es un cuento concebido para transmitir  valores positivos, como la honradez y el amor familiar, pero es más que eso,  pues tiene una estructura conforme a las leyes del cuento, que llevará al niño lector  a vivir emociones  a partir del relato   de una confusión en la que la maestra de Alexander niega haber recibido de este los veinte pesos que llevó a la escuela para merienda. Es un serio conflicto lo que pasa, hasta que una niña  declara que  la maestra le dio el dinero por error.
La paloma dálmata.  El otro libro   contiene cinco cuentos para personas de corta edad.  Pero digan ustedes si no  es un gancho poner al autor a ponderar la propia obra.  Prefiero decir que en este volumen se reúnen los siguientes títulos: La vaca que quiso viajar a la India, El pollito de granja, La paloma dálmata, El sol quiere la lluvia y Cristo ya nació.



Mi propósito, como en los otros libros publicados,  ha sido escribir estos cuentos de  la forma más natural,  con lenguaje sencillo y directo, fundamentado en el interés de que los pequeños los disfruten como un verdadero recreo.
Porque estoy convencido de que los textos para niños deben servir de diversión: leer poemas, cuentos y novelas y otros escritos literarios  debe ser para el niño un recreo, no una clase, nada aburrido y nada obligado.
Creo que con los libros que presenta hoy al público, Ediciones CP contribuye grandemente  a la promoción  del acto de leer, para niños y  jóvenes.  De la capacidad lectora depende la adquisición de los demás conocimientos, y de la educación depende  el cambio necesario en los individuos y en la sociedad.
De modo que no sé exactamente el porvenir de la literatura infantil, ni tampoco el de la enseñanza que de ella se hace en las universidades para los futuros maestros del nivel básico,  pero puedo vislumbrar el futuro de la nación, según la importancia que se dé a esta materia.