martes, 16 de abril de 2013

Rafael Peralta Romero: “La didáctica es la peor enemiga de la literatura infantil”



 Periodista y escritor, ganador de El Barco de Vapor por su novela De cómo Uto Pía encontró a Tarzán, autor de varios libros de literatura infantil, entre ellos, A la orilla de la mar

Por Luis Martin Gómez

Como de niños vivimos en el mismo barrio, Rafael Peralta Romero y yo tenemos el recuerdo común del ciudadano español que afilaba cuchillos y navajas en su amolador automático, una piedra circular corrugada adherida a una polea que era accionada por una correa conectada al abanico del radiador de un Austin color rojo. Por eso, cada vez que nos vemos, antes de intercambiar los saludos protocolares, echamos un duelo para ver cuál de los dos dice primero la frase “traiga su cuchillo, traiga su tijera, traiga su navaja, y traiga todo lo que sea de amolar...”, que era parte de la promesa publicitaria del moderno amolador, reproducida como un mantra por un megáfono colocado en el techo del auto picado por las chispas.

Pero Rafael y yo tenemos otra cosa en común: cultivamos la literatura infantil, él más que yo y con mejores resultados, pues ha escrito siete libros para niños y jóvenes, por uno de los cuales obtuvo el prestigioso premio El Barco de Vapor, de Ediciones SM. Ahora suma un nuevo título a esta literatura tan especializada con A la orilla de la mar, conjunto de historias que ocurren en Los uveros, ciudad literaria inventada por Rafael y que estaría localizada cerca de Miches, donde nació el autor.
 
LMG Nada, Rafael, ya se ha dicho otras veces, que no porque un libro esté escrito con lenguaje sencillo, tenga algunos dibujos y diga en la portada “Literatura infantil”, sea eso; tú que la escribes y estudias, ¿cuáles son las claves de este tipo de obra?

RPR Pues esos mismos detalles lo son, el libro para niños deberá tener un nivel de lenguaje simple, alguna delicadeza en su contenido  (qué va a inculcar, qué va a dejar en el niño), y hará uso de las repeticiones, para fijar algunos contenidos.

Peralta Romero no está ajeno a ese debate que se activa con cada obra de literatura infantil, y que de tanto abordarse se ha ido convirtiendo en un lugar común, el que cuestiona si las obras para niños deben necesariamente enseñar algo. El no considera apropiado que en un cuento infantil se premie al malvado pero tiene sus reservas sobre la forma en que se relacionan literatura y educación.

RPR Se ha dicho que la peor enemiga de la literatura infantil es la didáctica. Alguien ha usado el término “sirvienta” para indicar el nivel de dependencia de una respecto a la otra. Pienso que la literatura infantil, de por sí, es educativa. El hecho de que el niño lea, que se divierta leyendo, ya es un aprendizaje. Pero no procede el cuento o la poesía que busca que el niño se lave las manos, que respete a padre y madre, que crea en Dios. Yo digo que la literatura debe servir a la educación haciendo que el niño primordialmente mejore su capacidad comunicativa.

Con esto en claro y usando deliberadamente una forma de narrar que recrea la oralidad, Rafael Peralta Romero consigue en A la orilla de la mar un puñado de relatos que reivindican la figura del abuelo como contador de cuentos, como el chamán socialmente aceptado que tiende un puente entre memoria y deseo, entre mito e imaginación. En esta nueva obra podremos leer, por ejemplo, sobre “Mediopeje”,  un pez que es eso, medio pez, con un ojo, una aleta, pero con un corazón entero, incapaz de envidiar a esos otros peces “que andan llevándose el mar por delante”. O las peripecias de “Boquita, el maquey” para solucionar su problema inmobiliario, pues el caracol que habitaba le ha quedado chico y necesita urgentemente mudarse a otro, lo cual consigue con ayuda de un niño y su padre pescador. O las aventuras del intrépido Pez Caribe, quien decide probar suerte en el Támesis y luego, ignorado por los ingleses y afectado por el frío, decide regresar al mar cálido de su isla caribeña.

Contrario a la riqueza del texto y la creatividad de sus historias, A la orilla de la mar cojea en la parte gráfica. Los dibujos son francamente malos y demeritan el esfuerzo del autor. Tal vez una editorial exigente lo hubiera ayudado en este sentido. Por cierto, ¿confías en las editoriales o consideras que el marketing promocional aplicado a la literatura infantil condiciona al autor con temas y formatos que quizás no sean los que necesitan los pequeños lectores?

RPR No es malo. En otros países, Argentina, México, España o Cuba, la literatura infantil es una verdadera industria. Aquí, en cambio, ni es rentable para el autor, ni es negocio para las librerías, ni es preocupación del Estado, ni interesa a padres y maestros.

LMG Me gustó de tu libro que cuentas las historias como si lo hicieras verbalmente a un grupo de exploradores reunidos alrededor de una fogata, ¿has comprobado que esa técnica resulte más efectiva para despertar el interés en el cuento y aumentar su nivel de compresión?

RPR Me parece que sí, lo he probado y lo he vivido. Yo vengo de una generación de niños que contaba cuentos. Recuerdo que comenzábamos con la frase “si del cielo cae una canasta de huevos, cuantos tú cogerías…”, y el que decía mayor cantidad de huevos tenía que contar más cuentos. Utilizábamos la palabra oye: “oye lo que me pasó, oye lo que me contaron”.  Esto yo me lo propongo en mis trabajos,  que sea un niño el que cuente historias a otros.

Rafael y yo nos encontraremos otra vez y echaremos nuevamente el duelo sobre la frase del amolador automático. Mientras tanto, nos despedimos con otra frase común a nuestra infancia y que usábamos para indicar que la reunión se había terminado, esa que dice “se rompió la taza, cada quien para su casa”.


El autor es periodista y escritor

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