miércoles, 18 de mayo de 2011

Sensación

Disfrutaba la placidez de la lectura encerrado en su discreta habitación. Un bolígrafo en la mano derecha servía de auxiliar para anotar o subrayar detalles señalados por su interés. Lo acompañaba, pero a fuerza de constancia ya no lo percibía, el olor despedido por cientos de libros amontonados en un anaquel.

Su poder de concentración cuando leía llegaba más allá de lo común, pero esta vez perdió intensidad ante la presencia de algo no esperado. Levantó el rostro y paró los oídos y a seguidas cayó en la cuenta de que no se trataba de un sonido, sino de un olor y aspiró repetidas veces para asegurarse. Intentó leer de nuevo, pero no pasó más que una página cuando hubo de levantarse y mirar por distintos rincones, pero, no encontró ninguna combustión.

Poco después, en una segunda parada, decidió desconectar todos los aparatos eléctricos. Se sentó de nuevo y continuó la lectura, mas de ningún modo escapó de su conciencia la impresión de que algo se quemaba cerca. Por el contrario, percibió entonces además del olor a quemado, que circulaba humo en la habitación. Palmoteó enfrente de la nariz para disminuir el humo que pudiera penetrar por las fosas nasales. Tras repetir esa acción se percató de que ésta no bastaba porque el humo seguía entrando y ocupando poco a poco la habitación.
Tosió levemente y sin apartar la vista del libro se irguió y extendiendo una mano abrió la puerta del cuarto para darle salida al humo. Persistió la tos y los ojos comenzaron a lagrimear.

Lanzó un grito para llamar a Brunilda, pero la respuesta fue nula, como tenía que ser, porque su mujer había salido. Salió y tocó las puertas de los vecinos, pero sus habitantes rechazaron haber percibido señal alguna de incendio, lo cual le infundió a la vez seguridad e inquietud. No obstante, retornó a su cuarto y prosiguió la lectura, que versaba sobre la destrucción de Roma, contada por Alfonso el Sabio en su Crónica General.

©Rafael Peralta Romero

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